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Jueves 26/01/2023  

El cementerio de los ingleses

Por hablar en tu idioma

Y ella, aunque no es creyente, se emociona cuando Andrés le dice que es el motivo de sus plegarias

Publicado: 09/11/2022 ·
20:06
· Actualizado: 09/11/2022 · 20:06
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Autor

John Sullivan

John Sullivan es escritor, nacido en San Fernando. Debuta en 2021 con su primer libro, ‘Nombres de Mujer’

El cementerio de los ingleses

El autor mira a la realidad de frente para comprenderla y proponer un debate moderado

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«Siempre espero a que se despierte, le doy los buenos días con un beso en la frente. Se espabila cuando ya le cambio los pañales, le doy su papillita de cereales y la pongo de guapa como si fuera a salir a la calle». Sara se identifica con este inicio de pasodoble que La Secta de los Carapapa nos regalaba en el 2009. Agradece trabajar de tarde, cuando su hermano acude para quedarse con Charo, su madre. Tiene 77 años y casi no puede moverse. Por la Ley de Dependencia, le han concedido algunas horas a la semana de ayuda a domicilio: cuando Juani, la auxiliar, llega a la casa, el cielo se abre. Sara hace cuanto puede, pero tantos años trabajando como limpiadora han dañado su espalda. Juani es el ángel de la guarda que garantiza que su madre empiece el día aseada, contenta y sintiéndose mimada como en su más tierna infancia. Ver ese granito de arena en una vejez más digna para su madre, aunque las horas concedidas sean pocas, hace que Sara mire hacia delante con esperanza.

«Si salgo por algo, que siempre es cerquita, la vecina le echa una miraíta. Regreso corriendo de hacer los mandados, la mañana se pasa sentá y aunque está no se escucha p'a ná». Roberto celebra, como cada miércoles, la llegada de Alba. La joven auxiliar estará algo más de dos horas con su madre, Carmen. Esas dos horas las aprovecha para ir a hacer la compra, entregar un papel en Servicios Sociales (está pidiendo la ampliación de grado para su madre) y, si no hay mucha cola, tomará un café en el bar de abajo. No tiene mucha más vida social, pues el cuidado de su madre le absorbe mucho tiempo. Y es que las trabajadoras de ayuda a domicilio no sólo aportan dignidad a nuestros dependientes, sino que también facilitan la vida a los familiares que los cuidan. Alba es, literalmente, su bocanada de aire fresco.

«Por la tarde, con el andador, se pasea por el corredor. Se entretiene mirando las fotos por todo el salón». Así era la vida de Andrés antes de que Chani llegara a su casa. No se atrevía a salir, aunque se defiende decentemente en la casa. Con un poco de ayuda de sus hijos, va llevando el día a día. Sin embargo, Chani le aporta el poder pisar la calle con seguridad, sin miedo a caerse o a que le pase cualquier cosa. Ese paseo le da la vida que daba por perdida cuando los 80 años empezaron a pesar demasiado para sus piernas. A Andrés le gusta ir a la iglesia y tomarse un descafeinado de máquina en la terraza del bar de su barriada. Cuando está delante de su Nazareno, ya no reza por un milagro que le devuelva la fuerza en sus piernas, ya tiene asumido que los años no pasan en balde. Sus oraciones sólo piden que Chani la acompañe muchos años. Y ella, aunque no es creyente, se emociona cuando Andrés le dice que es el motivo de sus plegarias.

«Su pijamita, su batín, un pellizquito en la nariz, algo de fruta, dos besitos y a dormir». Juani, Alba y Chani vuelven a sus casas con el corazón contento a pesar de su agotadora jornada. Cenan, charlan con sus parejas, atienden un ratito a sus hijos y se acuestan. El día siguiente traerá más trabajo, más historias emotivas y otra exhibición de tesón para hacer más digna la vida de sus viejecitos. Sin embargo, les cuesta dormir pensando en los avatares de su vida laboral. Convenios, licitaciones, plicas y un montón de palabrotas que no acaban de entender pero que rigen su día a día. Al final duermen porque caen rendidas o porque la pastilla para dormir hace su efecto. Ellas aportan dignidad a sus niños de ochenta años, pero ¿quién les garantiza la suya?

Señor González, Kichi, te voy a tutear porque siempre dijiste que eras un ciudadano más. Estas historias, aunque ficticias, reflejan la realidad que atraviesa cada día la plantilla del Servicio de Ayuda a Domicilio de tu Ayuntamiento. Y sí, ya sé que no salías con los Carapapa, pero he cogido el pasodoble como referencia para hablarte en tu idioma. No sé si te vas a presentar otra vez o si volverás a ser punta jurado en alguna comparsa, de hecho eso es lo de menos. Lo que sí quería recordarte es que estas trabajadoras llevan tiempo reclamándote esa parte de tu programa que es remunicipalizar el servicio, adoptar un convenio digno y mejorar sus condiciones laborales. Acuérdate, picha, clase obrera con conciencia de clase. Recuerda cuánto se ha hablado de dignidad para los trabajadores y me consta que algo se ha avanzado. Pero no te lo dejes a medias, que estas trabajadoras llevan tiempo reclamando ese pasito al frente que, como digo, llevabas en tu programa. No sea que el próximo pasodoble del que nos tengamos que acordar sea de Martínez Ares. Tú ya me entiendes.

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